miércoles, 24 de septiembre de 2008

CAMBIO DE ESTACIÓN

Soy una de esas extrañas personas que cuentan los días para que llegue el otoño. Qué le vamos a hacer, a la niña le gusta la caída de la hoja, los días más cortos y fríos, esa serenidad de los domingos de noviembre...Dicen que el que se enamora del sol de otoño ya no quiere otro sol. Yo recuerdo que siempre ha sido mi estación favorita, desde pequeña, cuando veía llover los fines de semana y la gente no se pasaba las horas encerrados en centros comerciales sino que aprovechaba para ir a ver a la familia. Recuerdo las visitas a casa de mi abuela, a pasar la tarde. Y el olor a tierra mojada y caldo de verduras...También recuerdo el olor a castañas guisadas, que tanto gustan a mi madre...era señal inequívoca de que estábamos en otoño. Pero lo más divertido era sin duda el cambio de armario. Ese ritual que podía durar toda la mañana y que se aprovechaba para tirar lo viejo o lo pasado de moda. ¡Cómo me podía privar! Es algo que aún me gusta hacer, sólo en otoño. En esos días en los que el frio aún no ha llegado pero ya apetece notar el calor de la lana calentita...probarse pantalones y faldas para calibrar los estragos de las infames calorías del verano; esas alegrías inesperadas al encontrar monedas en los bolsillos (los billetes siempre han sido un bien escaso) Las ropas dobladas durante más de 6 meses te traen recuerdos de hechos pasados, de momentos vividos, tienen vida propia y la susurran poco a poco, mientras son rescatadas de su letargo. El cambio de estación tiene mucho de matafórico. El cambio de tiempo, el cambio de horas, el cambio de ropa, todo cambia para seguir igual año tras año. Hay quien odia esta estación, le produce una melancolía inasumible, le cambia el caracter y cuenta los días para la llegada de la lejana primavera. Para mi, estos meses son un momento de encuentro con uno mismo. El año empieza a acabar y hay que rendir cuentas de lo vivido. Son unos meses intimos para escuchar y ser escuchado. Para desechar lo que no sirve y hacer espacio para lo nuevo. Es en esta época cuando se empiezan a sumar las cuentas y se hace inventario del tiempo invertido: las amistades que llegaron y la que se han perdido, los aciertos y los errores, la lista de quehaceres que aún no ha vencido, se digieren gestos, se predispone al espíritu para enfrentar al invierno. Ay, el cambio de estación, todo cambia para seguir siendo lo mismo. Bécquer querido, hoy mejor una leyenda.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que me gusta leerte, me produce sosiego, que tanto me hace falta. Deberías plantearte escribir una novela, creo que sería muy buena idea. Prefiero el otoño al invierno, pero sin duda mi estación es la primavera. El otoño siempre me provoca cierta tristeza y melancolía.
Un beso pájara

Olga FL dijo...

Me gusta mucho tu blog! No dejes de escribir!